Forjador de Reyes

02x06. Interludio: Ajuste de cuentas

Un día de verano del 4708 AR.

La dríada Tiressia dio, por enésima vez, una vuelta por el lindero del robledal. No era típico de su compañero Falchos el tardar tanto y, para colmo, tenía cierta extraña sensación, un presentimiento que la intranquilizaba. Si pudiera alejarse más de su árbol-corazón iría en busca de su querido Falchos pero eso, claro, no le era posible…

Súbitamente, oyó un sonido anodino pero que la paralizó de terror: una suave risa, tan dulce en apariencia como malévola de fondo. Y una suave y fría voz se escuchó entre los árboles: “Pequeña hada traicionera, ¿osaste pronunciar mi nombre delante de mortales? ¿Es que acaso creías que no te oiría, que no aprovecharía tu desliz para aparecer aquí?”

El terror se apoderó del corazón de Tiressia, para ser enseguida sustituido por el horror al ver una espeluznante imagen: arrojado por una gran fuerza, el cuerpo de Falchos aterrizó en el claro del bosque. Nada quedaba de su piel, extremidades y torso y espalda y cara eran una masa sanguinolenta de músculos despellejados. Eso la hizo gritar. Lo que la hizo aullar fue el
comprobar que, a pesar de lo ocurrido, su amado compañero se retorcía de dolor, aún vivo…

“Debería darte las gracias por permitirme una pequeña entrada, dríada. No es mucho, pero durará lo suficiente como para castigarte adecuadamente”. Tiressia notó como una poderosa fuerza invisible la levantaba por los aires, sujetándola por brazos y piernas. La fuerza aumentó y las extremidades de la dríada fueron arrancadas de cuajo, entre chorros de sangre blanca como la savia y alaridos. La dríada pensó que, al menos, la muerte le llegaría pronto. Se equivocaba.

Una figura femenina, de piel verde, se recortó entre los árboles. Con un roce y una palabra sanó las heridas de Tiressia, su cuerpo descuartizado forzado a seguir viviendo. La dríada pensó que sería imposible sufrir más dolor. Otro error. Una invocación a la tormenta en una lengua olvidada hizo caer un rayo sobre el árbol-corazón de la dríada, haciéndolo estallar en llamas, roto y ardiendo. Tiressia aulló como si le hubiera caído a ella, y siguió haciéndolo largo tiempo, mientras las llamas consumían el gran árbol y el bello robledal.

Cuando, mucho más tarde, no quedó nada más que troncos y cuerpos calcinados, la figura femenina lanzó un suspiro. “Ah… Hora de partir. Pero queda poco. Pronto, pronto volveré”.

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rodiyor rodiyor

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